Antavattu phalaṁ teṣāṁ
tadbhavatyalpa-medhasāṁ,
devān devayajo yānti
madbhaktā yānti māmapi (Gītā 7,23).
“El fruto obtenido por el torpe es
perecedero, alcanzan las deidades que adoran respectivamente. Mis devotos me
alcanzan a Mí”.
La fuente de dicha, el Señor Shrikrishna,
compara las características de Sus devotos y los devotos de otros dioses para
beneficio de Arjuna. Los devotos de otras deidades son torpes y los suyos son
inteligentes. Torpes significa de poca inteligencia, que carecen por completo
del poder de discernir entre lo limitado y lo ilimitado. Por lo tanto, debido a
la ilusión, uno se aferra a la riqueza perecedera como si fuera imperecedera.
Esa inteligencia se llama súper
inteligencia, aquella que con la ayuda de las escrituras y el Sadguru se
sostiene firmemente a lo ilimitado, al gran principio Supremo Espiritual. Los
devotos torpes alcanzan su objetivo limitado y perecedero, mientras que los
devotos súper inteligentes alcanzan su objetivo ilimitado e infinito. Como la
inteligencia es el fruto, una persona torpe no alcanza la meta infinita, y la
persona súper inteligente no alcanza la meta finita.
Un objeto que es limitado, finito y
pequeño, debe, por naturaleza, terminar. Por lo tanto es mortal, perecedero y
carente de felicidad eterna. La śruti
dice Yadalpaṁ tanmartyaṁ, nālpe
sukhamasti, Yo vai bhūmā tatsukhaṁ
Bhūmaiva amṛtaṁ” (Chāndogya Upaniṣad
7,23,1). Ese objeto que es ilimitado o infinito es perfecto, es por naturaleza
inmortal, imperecedero y dichoso. Bhūmā
significa indivisible, grande, sustancia perfecta y Ser consciente.
El objeto limitado es el universo entero
incluyendo Brahmaloka. Todos sus frutos son perecederos. No contiene ningún
fruto eterno. Reír y llorar, comer y beber, ir y venir, nacer y morir, dar y
tomar, experimentar felicidad y tristeza; tales frutos son perecederos. Por eso
el Señor dice en la Gita: ¡Ābraḥma-bhuvanāllokāḥ punarāvartino ’rjuna!
(8,16), “¡Oh Arjuna! Todos los mundos que comienzan con Brahmaloka participan
en la transmigración”. Sus logros son perecederos, ya que están limitados por
el tiempo, y por lo tanto no son permanentes. La duración de la vida de Brahmā,
el soberano de Brahmaloka, es mayor que la nuestra. Su día dura lo que cuatro
mil yugas nuestros. Incluso un yuga es miles de años humanos, por lo
que es difícil imaginar cuatro mil yugas.
La noche de Brahmāji también dura cuatro mil yugas. La duración de la vida de Brahmā es de cien años, contando
los días y meses en la forma antes mencionada. En la noche de Brahmā hay
diluvio sobre la tierra. En el día de Brahmā, la tierra sumergida surge de nuevo
del agua, y los seres humanos y toda la creación empiezan de nuevo. Ante la
vida inmensamente larga de Brahmā, la vida humana parece tan momentánea como la
de un mosquito. Por eso en las escrituras este mundo se llama martyaloka o “un mundo mortal”. ¿Qué
garantía tiene la vida de los terrícolas? Nadie sabe cuando se apagará la llama
de la vida. ¿Quién puede decir con certeza que su exhalación será seguida por
otra inhalación? Los dioses, que residen en el cielo, y los residentes de los
otros mundos saben cuánto durarán sus vidas. Observan sus vidas y se lamentan a
cada rato, “Mientras disfruto de la vida celestial, qué rápido que pasa el
tiempo, y ahora solo resta tanta vida. Eso también se irá rápidamente como la
poderosa corriente de un río. Cuando esta vida termine, tendremos que salir de
este cielo, extrañando sus doncellas celestiales. Pronto se desvanecerán estas
duraderas guirnaldas de hermosas flores aromáticas del jardín celestial.
Nuestros hermosos cuerpos divinos se volverán helados. Estos planos magníficos,
y divina música vocal e instrumental terminarán como un hermoso sueño. ¡Oh! El
último día de nuestra vida se acerca”.
Si este es el caso, ¿qué podemos decir de
los dioses comunes? Incluso el gran Indra y otros importantes dioses también
llegan a este punto una vez que su mérito se agota. Dejando la opulencia, uno
debe volverse un mendigo. Abandonando los dulces, uno debe morder pan duro. Los
dioses no se quedan en el cielo para siempre. Cuando la duración del billete se
ha agotado, el viajero tiene que bajar del tren. Del mismo modo, cuando se
agota el mérito, tienen que desconectarse del cielo. Por eso el Señor dice en
la Gita: Kṣīṇe puṇye martya-loke viśanti (9,21), “Cuando el mérito se agota,
descienden a la Tierra.
Ni siquiera en la vida celestial de los
dioses hay paz duradera. La razón es que tanto si uno es un dios, un demonio, o
un ser humano, sin autoconocimiento no se puede obtener paz duradera carente de
dolor. Solo con conocimiento del Ser uno puede alcanzar la paz duradera. El
Señor también dice en la Gita, Jñānaṁ labdhvā parāṁ
śantim-acireṇādhigacchati (4,39), “Solo después de alcanzar el
conocimiento, una persona alcanza de repente la suprema paz”. Por lo tanto, a
pesar de que los dioses viven en el cielo, debido a su falta del conocimiento
del Ser siempre están inquietos. En el palacio de sus corazones arde la hoguera
del deseo, los celos y otras dualidades mundanas; el calor es aún más abrasador
allí. Mientras que un campesino duerme a pierna suelta, roncando, un caballero
de la ciudad no puede. Una persona de la ciudad no puede disfrutar de la comida
por falta de apetito, mientras que un trabajador rural ni siquiera sabe lo que
es eso. De esto podemos ver con claridad que el gozo de saborear no está en la
comida, sino en el apetito, y la gran satisfacción de sueño no está en las
sábanas de terciopelo, sino en la serenidad del corazón.
Los ricos en la Tierra, al ver la gente no
tan rica, se vuelven egoístas y dicen con orgullo: “¿Qué tiene aquel? ¡Un carro
viejo y una casa en mal estado! Yo tengo cinco coches hermosos y tres mansiones
hermosas. Frente a mí, no es nadie. Soy dueño de una fábrica. Yo soy
millonario. No, soy billonario. Soy grande”. Del mismo modo, los dioses
celestiales también se vuelven egoístas al compararse con los dioses menos
afortunados. En los mundos de los dioses también hay hermosos bosques, lagos
atractivos, mansiones divinas, exquisitos licores intoxicantes, deliciosos
elixires y atractivas jóvenes ninfas celestiales en abundancia. Incluso los
musulmanes dicen: “En el paraíso hay damiselas y fluyen arroyos de licor”. Para
su disfrute e indulgencia, algunos dioses tienen cinco o seis ninfas y tres o
cuatro aviones, y otros tienen dos o tres ninfas y uno o dos aviones. Debido a
la estupidez, los dioses más opulentos se vuelven orgullosos y arrogantes
cuando ven a los dioses menos opulentos, y los menos opulentos se vuelven
rencorosos y celosos. La vida de los dioses también está llena de deseos todo
tipo, celos, obsesión, ira y codicia. Entonces, ¿cómo es posible tener paz
natural y felicidad incesante? Nunca.
Un delicioso banquete se prepara después
de cocinar durante horas, mientras que la alegría de saborearlo termina en un
momento. El sabor no queda ni siquiera por una hora. Cuando la comida baja por
el esófago, el placer del sabor ya se ha ido. Si por alguna razón la comida
vuelve hacia arriba, entonces a diferencia del sabor de la deliciosa comida
ingerida, aparece un olor desagradable. Del mismo modo, la gratificación angélica
celestial solo da placer momentáneo. Al principio parece deliciosa, pero
resulta ser de mal sabor. El fruto celestial también es temporal, porque el
fruto de cualquier acción nunca es permanente. Incluso los textos declaran que
el fruto obtenido como resultado de una acción es por necesidad temporal. En la
shruti se dice:
Tadyatheha karmacito lokaḥ kṣīyate,
evamevā-mutra puṇyacito lokaḥ kṣīyate (Chāndogya
Upaniṣad 8,9,6).
“Así como perece el grano cosechado como
resultado de la siembra, así también los mundos celestiales alcanzados debido a
acciones meritorias no son permanentes”.
Hay cuatro tipos de acciones: 1. Shukla, pura 2. Krishna, impura 3. Shukla-Krishna,
mezclada 4. Ashukla-Akrishna, ni pura
ni impura. La gente ignorante que no conoce jñana
yoga (el yoga del conocimiento) realiza los tres primeros tipos de
acciones. Las acciones meritorias prescritas por las escrituras se consideran
puras. Estas incluyen la adoración de deidades. A través de estas acciones una
persona trasciende a los mundos superiores. En el punto culminante de estas
acciones, se va a Brahmaloka (el mundo de Brahmā). Debajo del mundo de Brahmā
están los mundos del Sol, la Luna, la Electricidad, etc. Cuando la gente
realiza acciones impuras emigran a mundos inferiores de perro, gato, mono, etc.
Cuando las acciones puras e impuras están en equilibrio se nace como humano.
Estos forman el tercer tipo de acciones: acciones mixtas. Balanceadas significa
que uno ni realiza el número de acciones puras necesarias para ir a los mundos
superiores, ni suficientes acciones impuras para ir a los mundos inferiores de
animales y aves. Mahatma Tulasidas
dice: Karma-pradhāna viśva raci rākhā, jo
jasa kare so tasa phala cākhā, “Él creó el mundo gobernado por la acción,
tal como se actúa uno saborea el fruto”.
Esta regla de acción contradice la
doctrina occidental de los progresionistas. La afirmación de los
progresionistas es que el hombre siempre se mueve hacia adelante y nunca hacia
atrás. Un estudiante pasa a la escuela secundaria, consigue el grado de
Bachillerato seguido por una Maestría, luego se vuelve investigador para
finalmente ser profesor. Pero nunca sucede que una persona obtiene una maestría
y luego una licenciatura. Del mismo modo, un niño de diez años crece hasta ser
un joven de veinte años, y luego se vuelve un hombre de cuarenta años, pero
nunca vuelve a tener veinte años otra vez. En la misma línea, una vez que una
criatura se vuelve un ser humano, nunca vuelve a ser animal. Ser animal es un
grado inferior y ser humanos es un grado superior. De acuerdo con esta
doctrina, un ser humano puede llegar a ser un dios, porque el ser dios es una
calidad superior, pero un dios nunca puede convertirse en un ser humano.
Si se cree la doctrina de la evolución,
entonces las acciones puras e impuras no dan sus respectivos frutos. Una
persona con acciones puras avanza, así como una persona con acciones impuras.
Según esta lógica, no sería necesario llevar a cabo buenas acciones. Todo el
mundo podría disfrutar de los placeres sensoriales. Esto se debe a que en esta
ciudad de oscuridad, tanto las personas con buenas acciones como con malas
acciones se rigen por la misma regla.
Por lo tanto nuestros grandes sabios
venerables han dicho,
Tadya iha ramaṇīya-caraṇā abhyāśo ha yatte ramaṇīyāṁ yonimā
pādyeran, atha ya iha kapūya-caraṇā abhyāśo ha yatte
kapūyāṁ yoni-māpadyeran śvayoniṁ vā sūkara-yoniṁ va (Chāndogya Upaniṣad 5,10,7).
La gente cuya conducta agradable está en
conformidad con las disposiciones de las escrituras reencarna sin demora en la
raza humana o raza divina, y la gente con una conducta despreciable prohibida
por las escrituras renace en razas inferiores como el perro y el cerdo. No se
puede sostener la hipótesis de que una persona cuyo comportamiento es impío no
vuelve como animal, o que un dios, después de agotar su mérito, no puede
volverse ser humano. Por acciones pecaminosas, un ser humano puede reencarnar
como un animal, y cuando el mérito se agota, una deidad se convierte en un ser
humano. De acuerdo a sus acciones, un individuo avanzado puede incluso
retroceder. De esta manera, después de contemplarla, la doctrina de la
progresión no puede ser demostrada. La posición de la Gita es ¡Taṁ tamevaiti
Kaunteya! Sadā tadbhāva-bhāvitaḥ (8,6), “Tal como son las convicciones y
acciones del individuo, así es el fruto”. Antakāle
yā matiḥ sā gatiḥ, “Así como una persona con buena o mala compañía se vuelve
bueno o malo, también las buenas o malas convicciones y acciones tienen efectos
buenos o malos”. Esto es razonable.
Nuestro intelecto es como una bolsa vacía.
Podemos llenar la bolsa con oro, plata, harina, arvejas o lo que sea. Del mismo
modo, podemos llenar nuestro intelecto con buenas o malas convicciones que
surjan de acciones buenas o malas, y de acuerdo a esas convicciones podemos
crear efectos buenos o malos. Cualquiera sea lo que nuestro intelecto ha
determinado, comienza a concebirlo. No importa si el objeto es beneficioso o
perjudicial. Lo que sea que conciba, limitado o ilimitado, consigue el
resultado. De esta forma, nuestro intelecto es completamente libre de crear un
resultado limitado o ilimitado. El antiguo gramático Pāṇini ha dicho Svatantraḥ kartā, “El sujeto es
independiente”. En la estación hay dos trenes con destinos: “Al gran cielo” y
“Al repugnante infierno”. Tú eres libre de subir al tren de tu elección. Puedes
ser feliz subiendo al gran tren al cielo, o desgraciado al subir al despreciable
tren al infierno. No hay nadie más que pueda otorgarte felicidad o tristeza. Solo
tú puedes hacerte feliz o triste. Tú mismo eres tu amigo o enemigo.
Las acciones de los conocedores y devotos
concentrados no son puras ni impuras. Estos devotos, habiendo trascendido el
sentido de “yo, mi, mío”, están totalmente desapegados de todo sentimiento de
identificación con su propio cuerpo y su progenie. Por lo tanto, ya no pueden
adquirir méritos o pecados. Aunque físicamente llevan a cabo sus tareas, siempre
yacen en el Ser no dual, inmersos en la dicha del Ser.
Había dos hermanos. Uno era conocido como
Dhiru, el otro era Bhiru. Caminaron a través de un profundo y vasto bosque por
un largo tiempo. En el bosque se metieron en difícultades de todo tipo. Una vez
entraron en un matorral de arbustos espinosos, del que salieron con gran
dificultad. Otra vez cayeron en un pozo de lodo pegajoso. Fueron perseguidos
por serpientes, escorpiones, zorros y tigres. Sufrieron muchas dificultades.
Afortunadamente llegaron a un lugar pintoresco. Estaban muy contentos. Vieron
un cartel que indicaba lo que se podía hacer y lo que no:
“¡Oh viajero! Eres muy afortunado de haber
venido aquí. Solo unas pocas personas lo hacen. Ten cuidado con las hermosas
arboledas cercanas. No te acerques a las flores y frutos que se ven muy
atractivos. Si hueles las hermosas flores, perderás tu conciencia; si pruebas
la fruta, morirás. Tu cuerpo será retirado de este lugar. Ahora mismo estás
viendo los cuerpos de miles de personas inconscientes que olieron las flores, y
los cadáveres de las personas que murieron por comer la fruta. Ten cuidado con
las arboledas cercanas. Has venido a este lugar para que tus problemas se
terminen de una vez por todas y llegues a la morada de la felicidad suprema.
Por lo tanto, con el fin de alcanzar el objetivo final, quítate la ropa, salta
desnudo en el agua pura y fresca como el néctar de este hermoso lago. No tengas
miedo de nada. No pienses que puedes ahogarte. Una vez que tu cuerpo toque el
agua, toda tu angustia te dejará, y te alcanzará la bienaventuranza divina. Te
sentirás extasiado mirando las hermosas flores de loto que florecen en el agua.
Mientras te bañas irás por el lago con gran alegría. Te encontrarás con un león
terrible. Pero no tengas miedo. Sé valiente, camina hasta el león. Desde lejos
puede parecer horrible, pero a medida que te acerques encontrarás que está
tranquilo y contento. Sube sin miedo sobre su espalda. Él te llevará con
comodidad a la cima del pico más alto de esta montaña. Al llegar allí, te
volverás un mahadeva, Señor Shiva, de
mil ojos. Tu visión será infinitamente brillante. Grandes dioses cantarán tus
alabanzas y lloverán flores divinas sobre ti. Con gran pompa y circunstancia,
te instalarán permanentemente en ese estado de dicha constante. Serás
satisfecho y bendecido. Te estoy instruyendo sobre los pasos que debes tomar
para alcanzar la meta más alta. Recuerde que siguiendo estos, pasos muchas
personas han sido bendecidas y se han vuelto grandes”.
Los dos hermanos leyeron el cartel. Bhiru,
el que duda, dijo:
—Esto es realmente extraño. Dice que las hermosas
flores y las deliciosas frutas son venenosas. Se nos pide que nos quitemos la
ropa vieja y saltemos al lago. ¡Vamos! ¿Por qué debemos quitarnos la ropa que
hemos estado usando y estar desnudos? Si nos sumergimos en el lago seguramente
vamos a morir. Aun suponiendo que no muramos y lleguemos a la otra orilla, a
continuación, el cruel león seguramente nos matará. Si, en cualquier caso, no
nos mata y nos lleva hasta el acantilado más alto y nos tira desde allí, vamos
a morir aplastados. Y si llegamos allí, ¿quién puede asegurarnos que no vamos a
seguir siendo los mismos? No podemos confiar en este cartel. No es sabio dejar
esta hermosa arboleda que está justo aquí para ir en busca de algo tan difícil.
Dicho esto, abandonó el lugar con el fin
de disfrutar de los jardines. Pero el valiente Dhiru pensó que el cartel debía
ser cierto. Era muy apropiado dejar la ropa, que ya se había vuelto sucia y
maloliente. Algunos seres apacibles ya se habían desnudado, lanzado al lago y
se divertían. Los estaban invitando a unirse a ellos. Era absurdo desconfiar
del mensaje como lo había hecho Bhiru. Era una tontería ir a los jardines, que
son hermosos pero también peligrosos.
El hermano con discernimiento, Dhiru, se
quitó la ropa y saltó desnudo al lago. Bañándose en el nectáreo lago, llegó a
la otra orilla; se acercó al león, lo cabalgó hasta el pico más alto de la
montaña y fue instalado como Mahadeva, manteniéndose permanentemente en un
estado de dicha constante. Por otro lado, Bhiru fue a los hermosos jardines a
pasar un día de campo y alcanzó un estado lamentable. Un hermano utilizó su
intelecto y se salvó a sí mismo; el otro hermano abusó de su intelecto y se
arruinó.
El punto de esta historia es la siguiente.
El espeso bosque es el mundo que consiste en 8.400.000 especies. En este mundo,
un sinnúmero de criaturas han sido sometidas a los ciclos de nacimiento y muerte,
pasando por estas especies. Podemos ver 8.400.000 criaturas. Hasta cierto
punto, podemos tener una idea de sus dificultades. El hermoso lugar en el
bosque es la especie humana. Esta especie es ciertamente mayor y más atractiva
que la de las aves o animales. El cartel es las escrituras, como los vedas, las
upanishads y la Gita. Los bosques son
los objetos sensoriales, como el sonido. Para aquellos que se quedan en estos
objetos, la ruina y la muerte son inevitables. Bhiru es un ateo indiscriminado
e irreflexivo, el que duda. Debido a la ignorancia, el ateo no confía en las
benevolentes instrucciones de las escrituras. Dhiru, el valiente, es un
creyente, una persona que discierne, considerada y confiada. Los harapos sucios
y viejos son las obscenas impresiones atemporales que están llenas de deseo y
celos. La devoción al Señor es el hermoso lago. El ser gentil y fiel mantiene
buena compañía, se quita la ropa de las impresiones obscenas, y con confianza plena
da un salto al lago de la devoción. Las virtudes divinas, como la intrepidez y
la pureza de pensamiento, son los admirables lotos. La renuncia es el león, que
desde lejos es feroz, pero cuya compañía confiere paz y alegría. Ese león nos
lleva hasta el pico más alto de conocimiento del Ser. Una vez que llegamos a la
cima, nuestra esclavitud y humildad terminan de una vez por todas. Nuestra
individualidad termina y quedamos establecidos en la liberación permanente del
Ser, la morada de la beatitud. Somos benditos y plenos.
La esencia del ejemplo y la doctrina es
que tenemos libre albedrío. Somos libres de elegir ir aquí o allá y poner
nuestro intelecto a un buen o mal uso. Podemos elevarnos o arruinarnos. Nuestro
intelecto tiene la libertad de crear un resultado deseable o indeseable. Si
dirigimos nuestro intelecto hacia fines mundanos, mezquinos y despreciables,
vamos a lograr un resultado limitado, mientras que si lo dirigimos hacia el
significativo Ser Supremo, vamos a lograr el sumamente significativo resultado
ilimitado. El intelecto que se une al mundo mezquino y que pone su confianza en
dioses ordinarios se llama “intelecto superficial”. El intelecto que pone su
confianza en el profundo y perfecto principio de Brahman se llama “intelecto
penetrante”. En la Gita este
intelecto se llama sthita prajñā,
intelecto firme, y en la ciencia del yoga se llama ṛtambharā prajñā, intelecto eminente. Este intelecto elimina los
nombres y formas confinados e imaginados, y discerniendo el consciente Uno sin
segundo, inmutable, dichoso, no diferente principio de Brahman, se deleita en
la no dualidad y el éxtasis. También experimenta todas las deidades como Brahman,
el Uno sin segundo. No considera a las otras deidades como diferentes del
Principio perfecto. En la Śukla Yajurveda
Saṁhitā se describen los nobles sentimientos del intelecto profundo que
vive en el estado Brāhmi de la siguiente manera:
Agniśca ma indraśca me somaśca ma indraśca me savitā ca ma indraśca me
saraswatī ca ma indraśca me pūṣā ca ma indraśca me bṛhaspatiśca ma indraśca me
yajñena kalpatām, mitraśca ma indraśca me varuṇaśca ma indraśca me dhātā ca ma
indraśca me tvaṣṭā ca ma indraśca me marutaśca ma indraśca me viśve ca me devā
indraśca me yajñena kalpantām, pṛthivī ca ma indraśca me antarikṣaṅ ca ma
indraśca me dyauśca ma indraśca me samāśca ma indraśca me nakṣatrāṇi ca ma
indraśca me diśaśca ma indraśca me yajñena kalpantām. (Yajurveda 18,16-17-18).
“El fuego es Indra, Soma también es Indra,
Savita también es Indra. Saraswati es Indra, Pusha es Indra, Brihaspati es
Indra. Que todos estos dioses cuya naturaleza es Indra, el Ser Supremo, a
través de este conocimiento-yajña
(ceremonia) me concedan el favor, es decir, que me ayuden a establecerme en
este sentimiento de nada más que Brahman. El Sol es Indra, Varuṇa (dios del
agua) es Indra, Dhātā (Creador) es Indra, Tvaṣṭā (Arquitecto de los dioses) es
Indra, Marut (dios del viento) es Indra, el Dios Universal es Indra. Que todos
estos dioses que se invocan con el sentimiento de que no son diferentes de
Brahman, me concedan el favor por este sacrificio. La tierra es Indra, el
firmamento es Indra, el cielo es Indra, Samā (la deidad que rige una era) es
Indra, las estrellas son Indra, las direcciones son Indra. Que todos estos
dioses, que no son diferentes de Indra, protejan y nutran mi sentimiento del Ser
no dual a través de este conocimiento-yajña”.
Estos mantras
del Yajurveda exponen la doctrina de
que el Ser Supremo, Indra, habita en todas las deidades. Por lo tanto, el mismo
Indra es todos los dioses. Todos los dioses moran en Indra, que es el Ser Uno
no dual, en la forma de Sus diversos poderes, y de ahí la multitud de dioses no
son diferentes del gobernante Indra. Para demostrar esta prístina declaración del
vedanta se afirma que Indra, Todopoderoso, cuya naturaleza innata es el
principio del Ser, existe dentro del grupo de dioses, como el dios del fuego.
Por propiedad transitiva, por regla
general, se dice que “si A es igual a B, y B es igual a C, entonces A es igual
a C”, esos mantras también establecen
que las deidades del fuego, la luna, el sol y demás, son no diferentes entre
sí. Si un frasco es no diferente de la arcilla y arcilla es no diferente de una
bandeja entonces la jarra se considera sustancialmente no diferente de la
bandeja. Del mismo modo, el hecho de que Indra, el Ser Supremo, es no diferente
del fuego, y la luna es no diferente de Indra, implica que la luna es no
diferente del fuego. Por lo tanto, con el objetivo de aclarar la mutua no
diferencia entre el fuego, la luna y las otras deidades, y comunicar el
Gobierno general del perfecto Ser Único, ha sido utilizada repetidamente la
palabra Indra.
Solo un vidente de profundo intelecto
tiene una actitud tan noble. Un intelectual superficial no la tiene. Con mente
estrecha, el intelectual tiene fe firme en los dioses menores, y adora a las
respectivas deidades para satisfacer sus propios deseos diferentes, y de
acuerdo con su actitud superficial alcanza el objetivo previsto.
El conocedor con discernimiento, alcanza ilimitada, eterna, gran
dicha, de acuerdo a su actitud con respecto al principio ilimitado y perfecto.
Incluso Indra, el dios de dioses, o un emperador no pueden lograr este tipo de
dicha. Por lo tanto, Goswami Tulasidas dice:
Tīna ṭūka kaupīna meṅ, bhāji hai bina launa,
tulasī raghuvar ura base, indra bāpuro kauna.’
‘cāha gaī cintā gaī manuvā be paravāh,
jāko kachū na cāhiye, so hai śāhanaśāh.
El devoto de mente profunda del Ser
perfecto, Rāma, habiendo abolido la dualidad y el miedo de la mente, se sienta
en soledad bajo un árbol en el bosque, vistiendo una tela de tres piezas. Para
mantener su cuerpo come en éxtasis vegetales sin sal. Pero a causa de su
actitud con respecto al no diferente Brahman, se ha vuelto tan grande que en
comparación con él, el dios de los dioses, Indra[1],
parece venido a menos. La razón es que el devoto profundamente intelectual ha
vuelto sus sentimientos no duales, sin deseos, sin miedo, llenos de Rāma. En
consecuencia, se encuentra inmerso eternamente en el océano de Rāma, que está
lleno del elixir de la naturaleza infinitamente dichosa del Ser. Los
sentimientos del ignorante y estúpido dios de dioses, Indra, están llenos de
deseo y celos, por lo tanto, el bajo y despreciable. Así, Indra obtiene escasa
felicidad que solo actúa como un enemigo que destruye en segundos. Así, Indra
queda pisoteado.
Una vez un sabio sin deseos, un mahatma, vivía en soledad en las tierras
de un rey. Un día durante su paseo matutino, el rey fue cerca del mahatma. Le dijo al mahatma:
—¡Dime, Maharaj! ¿Cómo pasas las noches?
El mahatma
respondió:
—Algunas como las tuyas, y otras mucho
mejores.
—¿Cómo es eso?
—Estás apegado a disfrutar de tus objetos
sensoriales —dijo el mahatma—,
mientras yo estoy absorto en la contemplación del perfecto Brahman. Tú te duermes
con un sentimiento desanimado y abatido, después de los placeres sensoriales,
mientras que yo me quedo dormido en el éxtasis de la contemplación gozosa de
Brahman. Por la mañana te levantas y de nuevo te apegas a los objetos
sensoriales, yo me levanto y vuelvo otra vez a absorberme en la contemplación
de Brahman. Así, cuando tú y yo dormimos, las noches son iguales. En las noches
en que no estamos durmiendo, yo contemplo ardientemente a Brahman, lo que hace
esas noches superiores a tus noches insípidas e inferiores.
A partir de este ejemplo, es cierto que la
vida de una persona ignorante y lujuriosa es insípida y despreciable, mientras
que la vida sin deseos del devoto conocedor es ardiente y gozosa.
Los devotos adoran constantemente al Único
Señor en todos los estados. Se refugian en Él y tienen confianza total en Él.
Ellos se complacen con todo lo ordenado por Él. Lo consideran su guía, un
constante compañero benevolente. Sin duda, comprenden que su deidad adorada
mora siempre dentro de ellos y fuera de ellos también, en la forma de
existencia, conciencia y deleite. Por lo tanto en sus vidas, siempre convergen
los tres ríos: el coraje, la compasión y el amor. Siempre mantienen la calma y
están satisfechos por completo. Nunca se consideran bajos, pisoteados,
letárgicos u ociosos. Nunca dejan que la frustración o el remordimiento los
perturbe. Siempre están alegres, con entusiasmo e intrépido coraje. Siempre
tienen un sentimiento de contentamiento divino, éxito, tenacidad, santidad,
entusiasmo, energía y dicha. Llevan siempre en sus corazones el puro
sentimiento de que el Señor les pertenece y pertenecen al Señor, que Él es la
trama y urdimbre de ellos y ellos a su vez son la urdimbre y la trama de Él.
Ellos nunca pueden estar separados de Él y Él nunca puede estar separado de
ellos. Por lo tanto, tienen la convicción de que al igual que la oscuridad no
puede acercarse al sol o el calor no puede acercarse a la luna, tampoco el
dolor puede acercarse al dichoso Ser interior.
Los devotos son siempre desinteresados y
no consideran nada como propio, salvo el Señor. En el mundo, nunca se
consideran a sí mismos como maestros, sino como jardineros. Siguen cuidando
este mundo-jardín con cuidado y celo, pero nunca reclaman nada como propio. Un
cajero de banco maneja con diligencia millones de pesos todos los días, pero
nunca considera el dinero del banco como si fuera suyo. Él sabe con certeza que
el dinero es del banco y nada es suyo. Esto es un hecho. Por lo tanto, no guarda
ni un solo billete para sí. Si lo hace, la pasa muy mal y recibe un severo
castigo. Del mismo modo, en el desempeño del deber mundano de cada uno, el que
es un devoto se considera a sí mismo plenamente desapegado de todo. Tal persona
no tiene el sentimiento de “yo, mi, mío” ni siquiera para el cuerpo. Mientras
que la persona no se vuelve totalmente independiente y desinteresado del mundo,
no alcanza la redención en la adoración al Señor. Por lo tanto, el devoto
verdadero se considera a sí mismo desapegado del mundo y mantiene su mente
desinteresada. El devoto está inmerso en la adoración amorosa de la fuente
infinita de todas las riquezas, el omnipotente Señor. Con la gracia del Señor,
el devoto lleva una vida mundana feliz, y finalmente alcanza al Señor. Mientras
tanto, el devoto de deidades que tienen menos poder y riqueza limitada, alcanza
las deidades de acuerdo a las ansias del devoto.
A pesar de que ambos devotos están llenos
de fe y devoción, uno de ellos recibe la gracia de la vaca divina que otorga
todos los deseos a través de la fe y devoción, mientras que el otro recibe la
gracia de una humilde cabra. Uno descansa a la sombra agradable del árbol que
otorga todos los deseos del corazón, mientras que el otro descansa a la sombra
de arbustos espinosos. Uno ha tomado refugio cuidadosamente en el Señor de los
señores, y el otro con intelecto torpe se ha refugiado bajo el asistente del
rey, y ha obtenido su gracia. Por lo tanto, uno obtiene un gran resultado
ilimitado, mientras que el otro obtiene un resultado trivial y perecedero.
Por otra parte, si el dios de los dioses,
Indra, está satisfecho con sus devotos, ¿qué puede ofrecerles? Solo puede
ofrecerles una felicidad temporal en el cielo, y no la felicidad infinita de la
liberación. ¿Cómo puede ofrecer lo que él mismo no tiene? Pero la fuente de la
infinita bienaventuranza, el Señor, amo del universo, puede otorgar a los
devotos no solo la felicidad infinita de la liberación, sino también las
necesidades del mundo y los objetos apropiados que el devoto está pidiendo o
deseando. De esta manera, el devoto del Señor es considerado como magnífico y
noble, mientras que los devotos de otras deidades son tristes y mezquinos. Solo
el devoto que conoce al Señor es considerado como sin deseos, mientras que los
otros tres tipos de devotos, como los angustiados, son considerados como
deseosos. Sin embargo estos devotos alcanzan sus deseos por la compasión del
glorioso Señor, y cuando la devoción por el Señor madura, quedan sin deseos y
alcanzan la felicidad infinita y no dual, al mismo Señor. En esta estrofa, esto
se indica con la palabra api, que
significa “también”, en la última frase māmapi,
que significa “Yo también”. De esta manera, la diferencia entre los devotos del
Señor y los devotos de las otras deidades parecen estar en sus respectivas
metas.
Hariḥ om tat sat.
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